Pippin, al igual que Sam, fue uno de los personajes más valorados por la crítica de la obra de Tolkien; a menudo se lo toma como «el más curioso e irreflexivo» de los cuatro hobbits de la Compañía, es decir, muy infantil y poco inteligente, cuando en realidad era el más joven, pero no un inmaduro, y mucho menos un tonto.
Contaba con gran sentido del humor, superaba muchas dificultades y su indomable sentido común lo hacía adaptarse, rápidamente, a cualquier contexto y sacarle el jugo al enorme cúmulo de nuevas experiencias que le tocó vivir. Querido y apreciado por todos, solía darle muchos dolores de cabeza al mago Gandalf.
Dueño de una fina ironía era capaz de arrancar una sonrisa a cualquiera, como así también, aflojar un poco la tensión en una situación embarazosa; resolvía los problemas que le tocaban en suerte con destreza, habilidad e inteligencia; y era, como todo hobbit, un amante de la buena mesa, y si era variada y seguida, mejor. Su personalidad lo mostraba muy parecido al Bilbo de la misión a Erebor.
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